GINKGO EL ARBOL SAGRADO DE LAS OJAS DE ORO

Es el único miembro vivo de una familia botánica que dominaba la Tierra hace más de 250 millones de años. Vio caminar a los dinosaurios, resistió la glaciación y, en la historia moderna, fue de los pocos seres vivos que sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima, rebrotando en una primavera donde todo era ceniza.

Originalmente preservado en los jardines de templos antiguos en China y Japón, el Ginkgo es un árbol de porte imponente que puede vivir más de mil años.

Su rasgo más poético son sus hojas en forma de abanico. Tienen una nervadura única que se abre en dos lóbulos (de ahí el nombre biloba). En primavera y verano lucen un verde intenso, pero el verdadero espectáculo ocurre en otoño: de un día para el otro, el árbol entero se tiñe de un amarillo dorado brillante. En Extremo Oriente, la caída de sus hojas es un acontecimiento que la gente se detiene a contemplar, un recordatorio de la belleza de la impermanencia.

Entre la ciencia y el bienestar: ¿Para qué sirve?

En la medicina tradicional china se usa desde hace siglos, pero hoy es uno de los extractos naturales más estudiados por la ciencia occidental. Sus principales activos (flavonoides y terpenoides) actúan directamente sobre nuestro sistema circulatorio.

  • Oxigenación cerebral: El Ginkgo es un vaso-dilatador periférico. Esto significa que ayuda a que la sangre fluya mejor por los capilares más diminutos, especialmente los del cerebro. Por eso se lo asocia tanto con la mejora de la memoria, la concentración y la agilidad mental.
  • Aliado contra el estrés oxidativo: Es un potente antioxidante. Ayuda a neutralizar los radicales libres, protegiendo a las células del envejecimiento prematuro.
  • Combate el «síndrome de las manos frías»: Al mejorar la microcirculación, es muy usado por quienes sufren de mala circulación en las extremidades durante el invierno.

El curioso secreto de sus «frutos»

Si alguna vez caminás por una avenida plantada con Ginkgos en otoño, es posible que sientas un olor bastante particular y no muy agradable (similar al de la manteca rancia).

Esto tiene una explicación biológica: el Ginkgo es una especie dioica, lo que significa que hay árboles macho y árboles hembra. Los árboles hembra producen una semilla recubierta por una pulpa carnosa que, al caer al suelo y descomponerse, libera ese olor fuerte. Por este motivo, en el paisajismo urbano moderno se suelen plantar casi exclusivamente ejemplares macho. Eso sí, dentro de esa semilla olorosa se esconde una almendra que, tostada, es un manjar en la gastronomía asiática.

Un puente entre el pasado y el presente

El Ginkgo biloba es mucho más que un suplemento en la góndola de una dietética. Es un símbolo de resiliencia, longevidad y memoria. En un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa, sentarse a mirar un Ginkgo —o leer sobre él mientras se enfría el café— nos conecta con una paciencia milenaria. La naturaleza ya resolvió cómo sobrevivir a todo; a veces, solo tenemos que imitar un poco su calma.