Cosmetorexia: cuando la obsesión por el skincare llega (demasiado) temprano a las infancias

Cualquiera que pase un rato scrolleando por TikTok o Instagram se habrá cruzado con este escenario: nenas de 10, 11 o 12 años mostrando con orgullo su «rutina de mañana», usando sérums de marcas carísimas, tónicos con ácidos y cremas antiage. Lo que a simple vista podría parecer un juego inofensivo de «cosas de grandes» hoy ya tiene un nombre médico que preocupa a dermatólogos y psicólogos por igual: cosmetorexia.

Básicamente, la cosmetorexia es la obsesión por la compra y el uso compulsivo de productos de cuidado de la piel (skincare) y maquillaje, afectando de manera alarmante a preadolescentes y niños (la llamada «Generación Alfa»).

El algoritmo de la eterna juventud en manos de chicos

¿Cómo llegamos a esto? La respuesta está, en gran parte, en las pantallas. Las redes sociales están inundadas de las llamadas Sephora Kids o creadores de contenido que promocionan rutinas de 10 pasos como si fueran indispensables para la vida. Los chicos, que están en una etapa clave de construcción de su identidad y son súper esponjas a la presión social, absorben este mensaje: para pertenecer o ser «lindos», necesitan esa rutina.

El problema es que no estamos hablando de un brillito labial con olor a frutilla o de ponerse rodajas de pepino en los ojos jugando al spa un sábado a la tarde. Estamos hablando de chicos pidiendo para el cumpleaños o Navidad cremas diseñadas para pieles de más de 40 años.

El peligro invisible: A diferencia de otras fijaciones estéticas, el skincare viene disfrazado de «salud» y «autocuidado», lo que hace que para los padres sea mucho más difícil de detectar como un problema. Después de todo, ¿qué podría tener de malo que mi hijo se cuide la piel?

Una alarma para la piel (y para la cabeza)

El riesgo de esta tendencia tiene dos caras muy claras y complejas:

  • El daño físico: La piel de un chico o preadolescente es divina por definición: tiene colágeno de sobra, es elástica y se regenera sola. Al llenarla de principios activos potentes como el retinol, el ácido glicólico o la vitamina C, lo único que se logra es romper la barrera cutánea. ¿El resultado? Alergias, dermatitis severas, quemaduras químicas y un acné precoz causado por la misma saturación de productos.
  • El impacto psicológico: Lo más preocupante es el trasfondo. Generar una preocupación por las arrugas, las manchas o el envejecimiento en alguien que ni siquiera terminó la escuela primaria es quemar etapas de una manera feroz. Es trasladar una ansiedad puramente adulta a una edad donde el foco debería estar en el juego, el deporte y los amigos.

¿Cómo lo manejamos en casa? 3 ideas sin caer en el «grito» o la prohibición

Si tenés una hija, un hijo o un sobrino enganchado con este mundo, prohibirlo a los portazos suele generar el efecto contrario. La clave es acompañar con información y poner límites saludables:

  1. Validar sin juzgar: En vez de un «dejate de pavadas que sos una nena», funciona mucho mejor sentarse a mirar esos videos juntos. Preguntarles qué les gusta de eso, si de verdad sienten que lo necesitan o si es porque lo vieron en el colegio.
  2. La visita al dermatólogo (el mejor aliado): A los chicos les encanta la autoridad de los profesionales. Llevarlos a una consulta dermatológica real es clave. El médico les va a explicar, con base científica, que su piel no necesita todo eso y les va a armar, si es necesario, una rutina real para su edad (que nunca pasa de un limpiador suave, un hidratante liviano y muchísimo protector solar).
  3. Redefinir el «autocuidado»: Despegar la idea de cuidarse de la obligación de comprar cosas caras. Cuidarse también es dormir bien, tomar agua, lavarse la cara después de hacer deporte y usar protector para jugar al sol.

A fin de cuentas, la piel tiene memoria, pero la infancia también. Y no hay crema en el mundo que pueda devolver el tiempo de jugar sin la presión de verse perfectos.