MARCEL DUCHAMP: EL HOMBRE QUE PUSO UN INODORO EN UN MUSEO Y SE RIO DE TODOS


Hay artistas que pintan cuadros. Y hay artistas que cambian para siempre la pregunta de qué es un cuadro, qué es el arte, qué es la belleza, y de paso quién tiene el poder de decidirlo. Marcel Duchamp pertenece a ese segundo grupo, el más pequeño, el más incómodo, el que no te deja dormir tranquilo después de visitar un museo.

Nació en la Francia de finales del siglo XIX, pasó por todos los ismos que existían en ese momento, los agotó a todos, y terminó haciendo algo que nadie había hecho antes: poner un urinario al revés, firmarlo con un nombre falso, y presentarlo como obra de arte. La mitad del mundo artístico se escandalizó. La otra mitad, todavía no sabe bien qué pensar. Y Duchamp, desde el más allá, seguramente sigue riéndose.


Una familia de artistas y un pueblo normando
Marcel Duchamp nació el 28 de julio de 1887 en Blainville, Francia. Fue el tercero de los seis hijos del notario y alcalde Justin Isidore Duchamp y de Marie Caroline Nicolle. El arte no era algo ajeno en esa casa: el abuelo materno fue un notable pintor y grabador que, tras ganar una fortuna como agente marítimo, se había retirado para dedicarse al grabado y la pintura, llegando a exponer algunas obras en la Exposición Universal de París de 1878.


La herencia genética fue contundente.

De los seis hermanos Duchamp, cuatro se convirtieron en artistas. Entre ellos, el escultor Raymond Duchamp-Villon y el pintor Jacques Villon. Era casi inevitable que Marcel terminara con un pincel en la mano. Aunque lo que terminaría haciendo con ese pincel —y con el resto de las herramientas del arte— nadie en esa familia normanda podría haberlo imaginado.


El joven que pasó por todos los ismos
Duchamp llegó a París y se sumergió en la ebullición artística de principios del siglo XX con una voracidad y una velocidad que desconcertaba. Impresionista a los 16 años, fauvista a los 19 y cubista a los 24, al final este iconoclasta encontró su voz como forajido, un terrorista que acabaría encontrando en el dadaísmo su libertad y la forma de reírse de todo y de todos, incluido él mismo.


Pero antes de llegar al dadaísmo, pintó algo que sacudió al mundo del arte con una fuerza sísmica. En 1912, terminó Desnudo bajando una escalera, n.º 2: una obra que aunaba los elementos del cubismo con el incipiente movimiento futurista. Fue rechazada por los jurados del Salón de los Independientes, pero causó furor un año después al ser presentada en el Armory Show de Nueva York. El furor fue literal: hubo colas de treinta y cuarenta minutos para ver el cuadro, y el American Art News ofreció diez dólares al que diera la mejor explicación de la pintura. Un escándalo, sí, pero del tipo que lanza carreras.


El ready-made: cuando cualquier cosa puede ser arte


El giro que cambiaría la historia del arte no vino de un pincel sino de un taller de bicicletas. En 1913 realizó su primer ready-made: la Rueda de la bicicleta sobre un taburete. La idea era simple y demoledora al mismo tiempo: si un artista toma un objeto cotidiano, lo saca de su contexto y lo presenta como obra de arte, ¿es arte? ¿Quién lo decide? ¿El artista? ¿El museo? ¿El público que paga la entrada? Mas de Arte
A partir de entonces el arte ya no se veía con los ojos, sino con la mente. Esa frase resume en diez palabras una revolución que el mundo del arte tardaría décadas en digerir. Los ready-mades fueron creciendo en ambición y provocación: botellas, palas de nieve, objetos industriales convertidos en piezas de museo simplemente porque Duchamp así lo declaraba.


Huyendo de la guerra en Europa, en 1915 se instaló definitivamente en Nueva York.

Acuñó definitivamente el término «ready-made» para describir su arte encontrado y se vinculó con Francis Picabia, Man Ray y Beatrice Wood, entre otros, en la creación de un movimiento que cuestionaba los fundamentos mismos del arte. El ojo del arte
La Fuente: el escándalo más influyente de la historia del arte
Si hay un momento en la historia del arte occidental que lo cambió todo —más que el impresionismo, más que el cubismo, más que la pintura de acción— ese momento fue la primavera de 1917 en Nueva York. El 9 de abril de ese año, Duchamp presentó en la primera exposición pública de la Sociedad de Artistas Independientes un urinario de porcelana blanca colocado al revés, con el título de Fuente. Para mayor provocación, renunció a su nombre adoptando el seudónimo de R. Mutt.

El detalle delicioso e hipócrita es este: se suponía que la muestra estaba abierta a cualquier artista que pagara la entrada.

Los organizadores decidieron no exponer aquel objeto por considerarlo «indecente», lo cual provocó varias discusiones internas y la dimisión del mismo Marcel Duchamp, que formaba parte del comité directivo. Sí: Duchamp era parte del jurado que rechazó su propia obra. La trampa era perfecta.


El objeto original se perdió.

Sobrevive una fotografía de Alfred Stieglitz, tomada antes de su desaparición, que es hoy una de las imágenes más reproducidas en la historia del arte moderno. Y la declaración de Duchamp al respecto lo dice todo: «Les arrojé a la cabeza un urinario como provocación y ahora resulta que admiran su belleza estética.» La estética era lo de menos. Lo que importaba era la pregunta.
En 2004, esta Fuente fue votada como «la obra de arte más influyente del siglo XX» por 500 reputados profesionales del sector. La broma más grande de la historia del arte resultó ser, sin ironía posible, la obra más importante del siglo.


El Gran Vidrio y la obra que nunca termina
Mientras organizaba escándalos, Duchamp trabajaba en algo de una ambición y complejidad desconcertantes. La novia desnudada por sus solteros, incluso, conocida popularmente como El gran vidrio, fue una obra en la que trabajó desde 1913 hasta 1923. Una pieza maestra en la que pintó sobre vidrio, explorando temas de deseo, mecanismo y absurdo con una lógica visual propia, hermética e inquietante. La declaró «definitivamente inconclusa» en 1923, después de que se rompiera accidentalmente durante un transporte. Duchamp consideró que las grietas eran parte de la obra. Por supuesto.


La relación de Duchamp con lo inacabado, con el proceso, con el tiempo como material artístico, era total y deliberada. A partir de 1936, fabricó una especie de «museo portátil»: una caja-maleta con la reproducción en miniatura de lo que él mismo consideraba lo más relevante de su obra. El museo cabía en una valija. El arte podía viajar, reproducirse, desmitificarse. Otra provocación perfecta.


El ajedrecista que abandonó el arte (o fingió hacerlo)
Hacia 1923, Duchamp hizo algo que desconcertó a todos: pareció abandonar el arte para dedicarse al ajedrez. No era una postura, era una pasión real y profunda. Él mismo lo confesó sin ambigüedades: «Hoy me conformo con jugar. Todavía soy una víctima del ajedrez. Tiene toda la belleza del arte y mucho más. No puede ser comercializado. El ajedrez es más puro que el arte.»
Llegó a representar a Francia en olimpiadas de ajedrez. Sus amigos, los artistas de vanguardia de dos continentes, no sabían si era una performance permanente o una renuncia genuina. Su pasión por el ajedrez le brindó además una plataforma para conectar con el movimiento surrealista y participar en una red intelectual que cruzaba el Atlántico. Biografista
Pero lo que nadie sabía —el último secreto de Duchamp— es que durante esos años de aparente silencio artístico, estaba trabajando en secreto en su obra final. Étant donnés («Dado que…») fue construida entre 1946 y 1966 en la más absoluta privacidad. Una instalación que solo se reveló al público tras su muerte: el espectador mira por un agujero en una puerta de madera y ve, al fondo, un paisaje y una figura femenina recostada. Es perturbadora, íntima, completamente inesperada. Duchamp, el hombre que había dicho que el arte le aburría, había pasado veinte años creando en secreto su obra más personal.


«Siempre mueren los otros»
Marcel Duchamp fue uno de los principales valedores de la creación artística como resultado de un puro ejercicio de la voluntad, sin necesidad estricta de formación, preparación o talento. Eso, dicho por un hombre con una técnica pictórica perfectamente sólida, tiene todavía más peso. No era ignorancia. Era una postura filosófica: el arte es una decisión, no una habilidad. Quien decide que algo es arte, lo convierte en arte.
Ese principio, que suena sencillo y resulta devastador, está en la base de absolutamente todo lo que vino después: el arte conceptual, el arte de instalación, el performance, el arte de acción, el arte político, el arte digital. Si entendemos la historia del arte en el siglo XX como una sucesión de movimientos rupturistas con la tradición, podemos considerar que Marcel Duchamp fue el punto de partida y también el de llegada, porque para muchos no es posible ir más allá de donde él fue.


Murió el 2 de octubre de 1968, en Neuilly-sur-Seine, a los 81 años. La frase en su lápida fue elegida por él mismo: «D’ailleurs, c’est toujours les autres qui meurent». En castellano: «Por lo demás, siempre mueren los otros.»
El chiste más elegante de la historia del arte. A la altura del hombre que lo pensó.