MANUEL MUJICA LAINEZ: EL ESCRITOR QUE INMORTALIZÓ BUENOS AIRES Y NUNCA QUISO IRSE DEL PAÍS

Hace 42 años, el 21 de abril de 1984, moría «Manucho» en su finca cordobesa «El Paraíso». Podría haberse ido a vivir a Florencia o a Rambouillet —él mismo lo admitió— pero eligió quedarse. Crear en el país propio, sentirlo, padecerlo, gozarlo. Esa decisión dice mucho de quién fue Manuel Mujica Lainez.

Nacido en 1910 en el seno de una familia aristocrática porteña, con Juan de Garay entre sus ancestros, Manucho dejó la carrera de Abogacía para dedicarse a lo que de verdad le importaba: escribir. Y escribió de todo. Poesía, cuentos, novelas, ensayos, crónicas de viaje y crítica de arte en las páginas de La Nación. Se movía con igual soltura en la Buenos Aires de los conventillos del siglo XIX que en la Italia renacentista o la Francia medieval.

Su obra más celebrada, Bomarzo (1962), recrea la vida de un noble italiano del siglo XVI mezclando historia y fantasía con una destreza que le valió un lugar entre las cien mejores novelas en español del siglo XX. Tanto que el compositor Alberto Ginastera la llevó a la ópera.

Amigo de Borges, Bioy Casares y Victoria Ocampo, colaborador de la revista Sur, Manucho fue una figura central de la cultura argentina durante décadas. Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1963 y la Legión de Honor de Francia en 1982. Sus libros se tradujeron a más de quince idiomas.

Sin embargo, hay quienes dicen que Argentina lo olvidó. Investigadores como Diego Niemetz, del CONICET, ven en cambio algo distinto: un redescubrimiento en marcha. Sus libros se reeditan, nuevos lectores lo descubren, y la crítica lo revisita desde ángulos frescos, más allá de la anécdota biográfica.

Buen momento, entonces, para agarrar Misteriosa Buenos Aires o La casa y comprobar que Manucho todavía tiene mucho para decir.