Dueño de una voz inconfundible y una personalidad artística única, el músico argentino se convirtió en uno de los principales difusores del lunfardo mediante el género tanguero. A 115 años de su nacimiento, su legado continúa en la música popular argentina.
El 8 de junio de 1911 nació en el barrio porteño de Valentín Alsina Edmundo Rivero, una de las figuras más originales y trascendentes de la historia del tango. Cantor, guitarrista, compositor y difusor de la cultura popular, su voz grave e inconfundible rompió con los moldes de una época y le otorgó una nueva dimensión interpretativa al género ciudadano.
Durante décadas, Rivero fue reconocido como el gran intérprete de los tangos camperos, las milongas y las obras atravesadas por el lenguaje del arrabal. Su estilo marcó una diferencia respecto de las voces agudas que predominaban en las orquestas típicas de los años cuarenta y cincuenta. Con una tesitura poco frecuente para el tango, logró convertir una característica que inicialmente generaba dudas en una de las señas de identidad más recordadas de la música argentina.
Desde muy joven mostró interés por la música. Aprendió a tocar la guitarra y estudió canto mientras desarrollaba diversos oficios para ayudar a su familia. Su acercamiento al tango estuvo profundamente influenciado por la tradición criolla y por las expresiones populares de los suburbios porteños.
En los años treinta comenzó a ganar notoriedad como guitarrista y cantante. Integró conjuntos folclóricos y participó en programas radiales, un medio que en aquellos años representaba una plataforma fundamental para los artistas emergentes.

Su gran oportunidad llegó en 1944, cuando fue convocado por el director de orquesta, Aníbal Troilo. Junto a «Pichuco», permaneció durante más de una década, periodo en el que grabó interpretaciones memorables que forman parte del patrimonio musical argentino.
Cuando Rivero se incorporó a la orquesta de Troilo, algunos empresarios y productores consideraban que su voz era demasiado grave para el gusto del público. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Canciones como «Sur», «La última curda», «El último organito», «Coplas» y «Barrio de tango» demostraron que existía un lugar para una interpretación más profunda, dramática y narrativa. Su manera de frasear parecía más cercana al relato que al canto tradicional, una característica que terminaría influyendo en generaciones posteriores de intérpretes.
Con el tiempo, esa voz que inicialmente despertó dudas se transformó en una marca registrada. Rivero pasó a ser reconocido inmediatamente con apenas escuchar unas pocas palabras. Pocas figuras estuvieron tan asociadas al lunfardo como Edmundo Rivero. El cantor entendía que aquellas palabras nacidas en los barrios populares constituían una parte esencial de la identidad cultural argentina.

A lo largo de su carrera difundió numerosas obras cargadas de expresiones lunfardas y participó activamente en iniciativas destinadas a preservar ese patrimonio lingüístico. Gracias a su trabajo, muchas generaciones pudieron acercarse a un vocabulario que forma parte de la memoria colectiva de Buenos Aires y de buena parte del país. Su repertorio recuperó personajes, paisajes y costumbres que retrataban la vida cotidiana de los sectores populares, convirtiéndolo en una referencia ineludible para quienes estudian la relación entre tango y lenguaje.
Entre las experiencias más singulares de su carrera se encuentra su participación en el disco que reunió a Jorge Luis Borges y Astor Piazzolla en 1965. Rivero fue elegido para interpretar las milongas compuestas por Piazzolla sobre textos del escritor.
La unión de tres figuras fundamentales de la cultura argentina dio origen a una obra que con el tiempo se convertiría en una referencia obligada para comprender los cruces entre literatura y música popular. Aquella experiencia mostró una faceta diferente del cantor, capaz de transitar con naturalidad tanto los repertorios tradicionales como las propuestas más innovadoras.
En 1969 cumplió uno de sus grandes sueños: abrir El Viejo Almacén, un espacio destinado a preservar y difundir el tango en pleno barrio de San Telmo. Más que una casa de espectáculos, el lugar se convirtió en un punto de encuentro para músicos, poetas, periodistas y amantes de la cultura porteña. Por su escenario pasaron algunas de las figuras más importantes del género y contribuyó decisivamente a mantener viva la tradición tanguera durante años de profundos cambios culturales.
Una de las anécdotas más recordadas cuenta que Rivero recibía personalmente a muchos visitantes extranjeros y les explicaba el significado de palabras lunfardas que aparecían en las canciones, transformándose en una suerte de embajador cultural de Buenos Aires.

Además de su trabajo como intérprete, Rivero dejó composiciones propias y una vasta discografía que continúa siendo objeto de estudio y admiración. Su figura representa el encuentro entre la tradición criolla, el tango urbano y la defensa de las expresiones populares argentinas.
Falleció el 18 de enero de 1986, pero su legado permanece vigente en cada nueva generación que descubre su voz profunda y su particular manera de contar historias a través de la música. A más de un siglo de su nacimiento, Edmundo Rivero sigue siendo una de las personalidades fundamentales de la cultura argentina: un artista que supo convertir el lenguaje de los barrios, la poesía popular y el tango en una expresión universal.
Fuente: www.argentina.gob.ar
