El primer ministro británico, Keir Starmer, lucha por conservar su cargo tras los devastadores resultados del Partido Laborista en las elecciones locales de mayo, donde perdió cerca de 1.500 concejales y el partido de derecha populista Reform UK registró un fuerte avance.
Hasta ahora, 72 parlamentarios laboristas y al menos un miembro de su gabinete —la secretaria de Interior, Shabana Mahmood— le pidieron públicamente que renuncie o establezca un calendario de salida. El editor político de la BBC, Chris Mason, describió la situación como de «extrema vulnerabilidad» para el primer ministro.
En un discurso de relanzamiento, Starmer reconoció la frustración ciudadana y prometió continuar al frente del gobierno hasta las elecciones generales de 2029. «Sé que hay quienes dudan de mí, y necesito demostrarles que están equivocados», afirmó.
La derrota electoral fue interpretada como un referendo negativo sobre su gestión. El gobierno laborista, en el poder desde julio de 2024, no logró cumplir sus promesas en materia de crecimiento económico, mejora de servicios públicos y reducción del costo de vida.
El beneficiario político de la debacle es Reform UK, liderado por Nigel Farage, cuyo partido propone deportaciones masivas de inmigrantes y medidas para «proteger la cultura británica». Farage celebró los resultados y anticipó que «lo mejor está por venir» de cara a 2029.
Para el politólogo John Curtice, los comicios confirman que «la política en Reino Unido está fragmentada» y que el voto se dispersa en cinco o más direcciones, una de las mayores transformaciones del sistema político británico en un siglo.
