Una crisis de 24 horas activó uno de los operativos más complejos de los últimos años: tras el derribo de un F-15E Strike Eagle, un oficial estadounidense quedó aislado en zona montañosa dentro de Irán. Mientras las fuerzas locales lo buscaban, la CIA desplegó una maniobra de desinformación para desviar la atención: hizo creer que el militar ya había sido extraído por un convoy terrestre, ganando tiempo para ubicarlo con precisión.
Con la localización confirmada, el Pentágono ejecutó una extracción nocturna con cientos de efectivos de fuerzas especiales —incluido SEAL Team 6—, apoyo aéreo, helicópteros, inteligencia, ciber y vigilancia satelital. El militar, herido, sobrevivió oculto en una grieta y llegó a escalar una cresta de unos 2.100 metros, limitando el uso de su baliza para no ser detectado.
Tras el rescate, dos aeronaves de transporte quedaron inutilizadas en una base improvisada dentro de Irán. Para evitar que tecnología sensible cayera en manos enemigas, se decidió destruirlas con explosivos y evacuar al personal con refuerzos. No se reportaron bajas estadounidenses durante la operación.
El caso exhibe coordinación interagencial, engaño operativo y rápida proyección de capacidades para recuperar personal en territorio hostil, bajo presión y con riesgo de escalada regional.
