Después de casi una década recorriendo teatros de ciudades extranjeras, «La Violencia de la Ternura» llega a Rosario, la ciudad natal de su creador, en lo que él define como «la última función que me debo a mí mismo». Será el 15 de mayo en el Teatro El Círculo.
La obra nació de una historia profundamente personal: una infancia entre vestuarios, goma espuma, pelucas y títeres enormes, donde la risa era un mandato familiar y el humor funcionaba como idioma de la negación. «El maquillaje a veces no dejaba ver las heridas», confiesa el autor, que creció en una familia donde el dolor se transformaba literalmente en un gag y hablar en serio se sentía como traicionar el oficio.
Pisando los cuarenta, el creador reflexiona sobre la repetición inconsciente de patrones familiares y sociales, esa circularidad que, dice, «constantemente nos amenaza». Volver a Rosario —y hacerlo en el Teatro El Círculo— tiene para él un peso simbólico que no pasa inadvertido: cerrar donde todo empezó, romper las cadenas o enfrentarlas de una vez.
«Quiero cerrar ciclos en mi misma ciudad, donde todo comenzó y donde ahora puedo terminarlo», asegura.

