Los grandes museos del mundo enfrentan un dilema común: ¿hasta dónde se puede crecer sin destruir la experiencia que los hizo célebres?
El Louvre atraviesa la peor crisis de su historia reciente. Diseñado para recibir cuatro millones de visitantes al año, hoy roza los diez millones. El punto de quiebre fue el robo de joyas napoleónicas valuadas en decenas de millones de euros, a plena luz del día y en medio de huelgas del personal y recortes en seguridad. A eso se sumaron inundaciones, desprendimientos y cierres totales del museo. La ministra de Cultura francesa habló de «decisiones trascendentales» y, como primera medida, el Louvre aumentó un 45 por ciento el precio de la entrada para visitantes extracomunitarios. El debate de fondo, sin embargo, es si el modelo actual es sostenible.
El Museo del Prado, en Madrid, vive una paradoja distinta. No tiene crisis financiera ni de seguridad, pero alcanzó su récord de tres millones y medio de visitantes anuales. Su director, Miguel Falomir, fue claro: «El museo no necesita un solo visitante más, probablemente necesita un perfil distinto». Para evitar que visitar el Prado se convierta en «ir en el metro en hora punta», trabajan en redimensionar grupos, replantear accesos, incorporar visitas nocturnas y prohibir fotografías en salas para mejorar la fluidez. Además, a partir de 2028 se ampliará la superficie con la apertura del Salón de Reinos, diseñado por Norman Foster y Carlos Rubio.
Y en Egipto, el Gran Museo Egipcio apunta a redefinir el concepto de museo contemporáneo. Con 500 mil metros cuadrados al pie de las pirámides de Guiza y una inversión de 1.200 millones de dólares, reunirá por primera vez la colección completa de la tumba de Tutankamón. La meta es atraer cinco millones de visitantes al año y contribuir al objetivo nacional de 30 millones de turistas para 2032. Pero el proyecto también genera tensiones: legisladores y sectores culturales cuestionan un sistema de entradas que parece privilegiar al turista extranjero por sobre el ciudadano egipcio.
Tres museos, tres continentes, un mismo desafío: encontrar el equilibrio entre ser motor económico, espacio cultural y patrimonio accesible para todos.
